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PERSONAS DIGNAS DE SER RECORDADAS (II): LA GOMERA

(Por el Profesor Ruano)

2.2. José Alberto Trujillo Fagundo

Decíamos ayer que la llamada de Isabelita desde Valle Gran Rey, isla de La Gomera, me trajo a la memoria también un segundo hecho, aunque cronológicamente anterior a lo dicho más arriba.

Corría, casi se escapaba ya, el año 1973. El 20 de Diciembre una célula de ETA mató al almirante Carrero Blanco, persona de la mayor confianza de don Francisco (también conocido como el general Franco), dictador de las Españas. Coincidentemente, ese día nos hallábamos en Madrid un grupo de profesores de la UNED (Universidad de Educación a Distancia) de Las Palmas de Gran Canaria con el fin de recibir un cursillo de orientación para regentar tutorías a los alumnos de Canarias que decidiesen estudiar a través de esta modalidad universitaria no necesariamente presencial.

El Centro grancanario, pionero en Canarias de estas características, estaba regentado por don Cristóbal García Blairzi, ex-Delegado de Educación de la provincia de Las Palmas, persona capacitada y con vocación por la cosa docente. Al ser el único Centro en Canarias tenía carácter pancanario (aún no han nacido las Autonomías) por lo que venían alumnos de todas las islas para recibir orientación tutorial. No parece necesario aclarar que procurábamos aligerar el ajetreo viario de los alumnos de fuera de Gran Canaria, para evitar gastos a los estudiantes adultos, generalmente trabajadores en sus propias islas.

Las Clases comenzaron en Enero, según dispuso el ministro de Educación don Julio Rodríguez. Pero esta innovación no fraguaría y en los cursos subsiguientes el año escolar coincidiría con el resto de la enseñanza.

El día que impartí la primera clase-orientación quincenal sobre Prehistoria tuve una novedosa impresión, pues las persona que estaban ante mí no era la clásica pollería de 14 a 18 años del Instituto de Bachillerato de Tafira-Gran Canaria o, sólo tres cursos antes, del San Diego de Alcalá en Fuerteventura. No, eran jóvenes entre los veinticinco y los sesenta. ¡Qué maravilla! Impartí una clase nueva. Me imaginaba que aquellas personas estaban allí por decisión propia, sin presiones de sus padres; que deseaban aprender cuanto más en el menor tiempo posible para trabajar, disfrutando, en una profesión que la vida les había impedido realizar hasta ese momento. Mi obligación era dar el doscientos por ciento durante hora y media.

En primera fila estaba don Agustín Bosch Millares, afamado médico grancanario, que me había atendido siendo niño, cuando iba con mi madre a su consulta de la calle Cano de nuestra capital. ¡Increíble! El “alumno” estaba orgulloso de impartir clase a “su maestro”. Hablando luego con él me enteré de que había elegido una materia en la UNED, la Prehistoria, porque así realizaba su hobby preferido, ¡no su profesión, claro!, que era dedicarle algunas horas al estudio de los hallazgos antiguos. Es una constante que se repite en gran parte de la humanidad: no sólo alargamos la vida a través de nuestros antepasados y descendientes, sino que también lo hacemos introduciéndonos en el estudio de la Prehistoria, de la Arqueología, de la Etnología, etc. Este primer contacto duró más de dos horas, pues quien más quien menos deseaba ampliar algunos conceptos. La anécdota de la jornada fue la intervención de un joven que deseaba conocer el origen de la vida. “¡Ya me gustaría a mí conocerlo!”, le respondí. “Aquí nos conformamos con investigar el origen del Hombre”. Don Agustín nos sacó del apuro, pues nos dio unas nociones sobre el tema, al mismo tiempo que citó bibliografía conveniente al caso.

En la capital de España y otros menesteres nos habían prometido el mes anterior que nos enviarían con la mayor celeridad reproducciones de material prehistórico, pues la mejor forma de estudiar la talla o el pulimento del material lítico era palpándolo. ¡Nuestro gozo en un pozo y nuestra alegría en una galería! Durante cinco años estuvimos esperando el material arqueológico sucedáneo, que nunca llegó. Y de la misma forma que yo me cansé de impartir sólo teoría y me dediqué exclusivamente a la enseñanza media después de cinco años en la UNED, algunos alumnos que comenzaron ilusionados con la materia, al no ser condicio sine qua non para sus estudios posteriores o porque la brega diaria del duro trabajo dificultaba enormemente llegar a nuevas metas, abandonarían durante el primer año. Así, de una veintena que empezaron, siguieron cursos más avanzados alrededor de una docena, es decir, los que tenían aspiraciones, tiempo y voluntad para licenciarse en Historia.

Desde el primer momento de aquel día de Enero de 1974 me llamó la atención un joven que, lleno de entusiasmo, intervenía pidiendo aclaraciones, amplificaciones y profundizaciones y, al final, nos quedamos charlando un buen rato hasta pasada ampliamente la hora de la cena. Me dijo que era gomero, que tenía una enorme ilusión por aprender esta materia y dedicar su tiempo a la búsqueda científica de restos aborígenes. Lo animé a seguir y le di bibliografía complementaria, preferentemente sobre excavaciones arqueológicas, no imprescindible en la acción tutorial, pero sí interesante en casos concretos.

Su nombre era José Alberto Trujillo Fagundo.

José Alberto no se presentó a los exámenes. Era previsible. Al escaso tiempo disponible para la preparación de las materias se unían las enormes dificultades que tendría un gomero, sin aeropuerto, sin conexiones marítimas con Gran Canaria y muy anticuadas con Tenerife, para desplazarse no ya con regularidad sino incluso de tarde en tarde. A partir de entonces José Alberto me comunicaba por carta las ilusiones cumplidas. Escribía algún trabajo y lo enviaba a la prensa santacrucera. Me envió un libro de signo turístico sobre La Gomera. Me lo leí con entusiasmo, pues era una isla bastante desconocida para mí. Me prometió que vendría unos días a Gran Canaria, a donde lo invité. Me prometió que vendría este año, o el otro, o el otro. Y así, Diciembre tras Diciembre, charlábamos unos minutos.

José Alberto tenía gran interés en que me desplazara a su isla. Le prometí que lo haría. Intentaría hacerlo este año, o el otro, o el otro. Y de esta manera, fueron pasando lustros y decenios. Nunca más lo vi personalmente, pero cada principios de Diciembre recibía puntual una felicitación de Navidad deseándome las mayores felicidades. Lo agradecía infinito y cada mediados del mismo mes, dada mi natural desidia por enviar tarjetas –si bien al principio alguna mandé--, le telefoneaba y conversábamos unos minutos. Me decía que vivía con una tía, anciana, mayor que su madre, y que la buena señora nos invitaba a mi esposa y a mí a pasar unos días en Hermigua. Le prometí que lo haría este año, o el otro, o el otro. La verdad es que el presupuesto de una familia de ocho miembros no permite muchos dispendios. Su tía falleció, pérdida que sentí como persona muy estimada.

Nunca me dijo que estuviera enfermo ni que vendría a Gran Canaria para una intervención quirúrgica. Quizá no le dio mucha importancia a aquella mancha en la piel. Melanoma la llaman. Además, el especialista que lo operó de las llagas y le practicó una gangliectomía linfática le dijo que tuviera confianza, pues se iba a curar.

En Diciembre de 2002 lo llamé por teléfono para agradecerle su felicitación. Fue la última vez que hablamos. Nunca más supe de él. Veamos cómo puede explicarse esto.

Desde 1997 mi esposa y yo nos trasladábamos en Semana Santa a Estados Unidos para acompañar unos días a nuestra hija Déborah, quien, desde su plaza de Profesora Agregada en el Instituto de Bachillerato de Puerto del Rosario, en Fuerteventura, fue contratada para impartir clases en California. En el verano de 2000, nuestra hija se casaría con Mr. Rogers, James Rogers, joven abogado californiano, en la hermosísima iglesia del barrio de San Lorenzo, de Las Palmas de Gran Canaria. Pero a partir de 2001, coincidiendo con mi jubilación y la llegada de nuestro primer nieto, el canario-californiano Francisco Javier, señor de las travesuras, nos trasladamos al Oeste de EE.UU. al menos dos veces al año y por períodos prolongados. En la primavera de 2003 le nacería una hermanita a la que le puso el nombre de Ana Alicia, en honor a las abuelas, la grancanaria y la californiana. Como resultado, nuestras visitas al far-west se hacían más frecuentes y prolongadas, pues nuestra hija necesitaba apoyo, o bien tendría que dejar su trabajo, y eso en el mundo desarrollado y en pleno siglo XXI deviene en debacle económica.

Y entre idas y venidas pasó el año. A tal punto que el espacio de tiempo entre nuestro regreso en Diciembre, con el fin de celebrar las Navidades y Año Nuevo con la grey familiar, y la ida nuevamente en Enero de 2004, no fue superior a quince días. Ni tiempo para recuperarnos del jet lag. Eché en falta la tarjeta navideña de José Alberto, aunque supuse que estaría entre las otras junto al arbolito pseudovegetal que iluminaba el comedor. Como no respondía a mi llamada, lo dejé por imposible. “¡Bastante ajetreo tendrá estos días!”, pensé. Desde California le hice otra llamada, pero coincidía con la hora del descanso, pues en Canarias es ocho horas más tarde con respecto al horario californiano, y tampoco obtuve respuesta. -“¡Bien, lo llamaré a la vuelta!”. Y así, la vuelta y la ida volvieron a repetirse, hasta que en el verano, después de marcharse la familia canario-californiana --que vinieron a pasar con nosotros dos meses playeros--, y en vista de que las “ocupaciones” de José Alberto no le permitían coger el teléfono, decidí cumplir mi promesa.

-“¡Qué sorpresa se va a llevar cuando nos vea aparecer por su casa de El Convento dentro de diez días!”, le comenté a mi esposa. Eran los últimos días de Agosto.

Salimos de Tafira Baja de madrugada hacia Agaete, para dirigirnos a Santa Cruz, desde donde el coche nos llevaría a Los Cristianos y, en un periquete, a San Sebastián. Todo era salir y llegar.

La noche anterior localicé un hospedaje, no en San Sebastián como tenía pensado, sino en Valle Gran Rey. Isabelita, la suegra de don Diego Negrín hijo, nos lo puso así de fácil: En la playa de La Caleta, capital del Municipio, teníamos un apartamento a nuestra disposición. Más sencillo, imposible. Deber obliga.

Nada más llegar a la capital gomera, ligeramente orientados, nos dirigimos, por la carretera que lleva al Norte, hacia la Villa de Hermigua. ¡No quería retrasar el momento de saludar a José Alberto! Seguro que su rostro, con cincuenta y tantos años sobre la espalda, irradiaba bondad, ilusión y alegría, lo mismo que treinta años atrás. ¡El Valle de Hermigua! ¡Espero que la realidad supere en hermosura al hermoso valle que yo había visto en fotos!

Llegamos a la villa a la hora de la siesta. Paré junto a un barcito tranquilo y solitario. Pregunté al joven barman (probablemente, hijo del dueño), que me contesta: -- “No, yo no sé quién es; pero si es de por aquí, este hombre le puede decir. Conoce a todo el mundo”.

En la penumbra casi, veo a una persona; a primera vista asemeja unos sesenta y cinco años, que repite para sí a media voz: --“¿José Alberto Trujillo, de El Convento?”

--“¡Sí, el mismo!”

--“¿Qué la madre está enferma y Laureano, el otro hijo, se la llevó a una residencia en Santa Cruz?”

--“Yo no sé nada de su madre ni del hermano...”

--“José Alberto se murió”.

--“¡Vamos, hombre, déjese de bromas! ¿Cómo va a morirse una persona de cincuentipico di’años?” Y agarrándome a un clavo ardiendo: -- “¿Cuál es el segundo apellido?”, le pregunté.

--“A ver....huummm....¡Fagundo!

Sentí como si una piedra me golpeara fuertemente en la cabeza. Estaba aturdido, “añurgado”. Podría ser una coincidencia. ¡Estas existen! Y si no, vean:

Unos días antes, cuando intentaba localizar a la familia Negrín, de Vallehermoso, como no respondían al teléfono, llamé a información dando los apellidos y el nombre de uno de los hijos. Y mire por donde, me dan el teléfono...de otra persona cuyo nombre y apellidos son los mismos pero que ni siquiera son parientes. Esta coincidencia es común en Canarias ya que durante la conquista, el padrino, español, cristiano viejo, daba su apellido al aborigen insular cristianizado, y en un mismo pueblo se repetía este apellido docenas de veces. Es decir, tantas veces como “ahijados” tuviera.

Era mi último cartucho.

Me subí al coche. Dimos la vuelta para regresar a la zona de El Convento, que habíamos visto al pasar. Llamé a la puerta de su casa, contigua al convento, pero nadie contestó. Finalmente lo hice en la casa de al lado, después de cruzar un patio sombreado. Eran las tres y veinte de la tarde. Salió una señora muy amable quien nos pidió que no alzásemos la voz porque su madre, anciana, estaba descansando. Con voz más bien trémula le pregunté por José Alberto. Me confirmó la triste noticia. Ella era prima y me atestiguó que un melanoma acabó con él de forma fulminante. Era lo que sabía. Que un hermano de él, Laureano, trabajaba en CajaCanarias, en Santa Cruz, a donde se había llevado a su madre que estaba enferma, pues los medios de la capital de la provincia son superiores a los existentes aquí.

Tardé varios meses en llamar a don Laureano Trujillo Fagundo. No me fue fácil tragar aquella píldora que las Parcas me habían mostrado con la mayor naturalidad. Me aclaró los últimos momentos de su hermano. Dice que, efectivamente, estuvo en Gran Canaria donde fue tratado y regresó, esperanzado, a La Gomera; pero todo fue inútil. Quizá José Alberto no debió coger tanto rayo de sol directamente. Aunque persona de inteligencia superior a la normal que había hecho dos cursos de medicina, prefirió quedarse al cuidado del patrimonio familiar. Pudo más en él el amor a su familia, a sus gentes y a su pueblo. Se consideró siempre joven y no temía exponer su piel a la continua influencia de los rayos ultravioletas. Pero la Naturaleza sigue su curso. Me viene a la mente aquel cuento en el que los distintos elementos compiten para capear al caminante. Lo intenta el agua; lo intenta el viento, y finalmente lo hace el sol. Sólo el astro gigante pudo vencer la resistencia del caminante, que se vio forzado a quitarse la capa. Pero es que la capa y la piel son cosas distintas.... Quizás José Alberto no debió competir con el padre astral. ¿Acáso Zeus estaba celoso del olímpico desprecio que José Alberto sentía por el padre de los dioses? Como fuere, se cumplió su destino.

Me queda una duda. José Alberto asistió a la consulta médica en Las Palmas de Gran Canaria estando yo en California. ¿Intentó ponerse en contacto conmigo, buscando confiar en un amigo, o, llevado de su noble carácter, no quiso molestarme con “majaderías de un enfermo”? Nunca lo sabré, pero sí me queda la tristeza de no haberlo visto, siquiera fuese una vez, antes de que iniciara su viaje hacia la vía estrellada a la que todos partiremos más temprano o más tarde.

Si hubiese hablado con él, le habría dicho: --“José Alberto, estoy seguro de que usted ha elegido al mejor profesional, pero ello no obstaculiza que también vayamos a ver a otro profesional serio, sabio naturópata, amigo mío, que quizá pueda colaborar en su recuperación. Cuatro ojos ven más que dos”. Esas y otras cosas le habría dicho para animarlo a visitar a esta persona. Sé que no me habría hecho caso. Estoy acostumbrado. Ya he perdido a varios amigos y algún familiar sin que me hayan dado la oportunidad de hacer algo por ellos. ¡Y eso es muy triste!

¡Sí, muy triste!
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5 comentarios

Lauretf -

Profesor Ruano: lo voy a leer varias veces más, por la densidad y belleza del escrito y por lo que me concierne y usted sabe.
Reciba un fuerte abrazo y mi agradecimiento.

hideyoshi -

la verdad es que me ha dejado sin palabras...gran artículo como todos los suyos.

Bethencourt (2) -

Luis: ¿nos vemos el 6 de agosto en Icod? (Pregunta retórica, pues sólo acepto un sí). Escríbeme un mail, por favor, que no sé dónde metí tu dirección.
Un abrazo.

Bethencourt -

Gracias, Luis, por poner palabras a la sensación que me había dejado el artículo.

Luis -

El Profesor Ruano sigue poniéndonos el nudo en la garganta, "añurgándonos", con los golpes que acostumbra a dar la vida. Un abrazo.
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