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"Me llamo Enrique, como yo"

La web de la Escuela de Escritores acaba de publicar el relato ganador del primer “Certamen narcisita de relato autocontemplativo”, así como todo lo relacionado con el concurso.
El peculiar concurso literario que premiaba al mejor cuento autocontemplativo, organizado por la Escuela de Escritores para criticar los excesos ególatras de ciertos autores, ha culminado con un gran éxito de participación: 373 relatos presentados al certamen, provenientes de casi todos los países de habla hispana. La ceremonia de entrega de premios se desarrolló en una sala de la capital española el pasado sábado y estuvo plagada de divertidos momentos ya que se organizó, tal como rezaban las bases, para otorgar la gloria literaria a la vencedora, con lluvia de flores, loas en honor de la artista, miradas de envidia, entrevistas de la prensa internacional y otras muestras propias del culto a la personalidad que tuvieron lugar en un ambiente festivo dentro de una sala abarrotada de público.

La directora del centro literario madrileño, Isabel Cañelles, resaltó la calidad de los textos presentados y, sobre todo, el buen humor de los centenares de autores participantes. Esta es una iniciativa más de la Escuela de Escritores, después de organizar concursos literarios como el de Plagio Creativo a García Márquez o al Quijote, o el primer certamen literario que castigó al peor de los relatos. Estos eventos tratan de llamar la atención de ciertos vicios de la literatura actual con el fin de servir de autocrítica y de ejercicio de creación colectiva para los cada vez más numerosos autores que participan en foros literarios o talleres de escritura a través de Internet.

Al acabar el plazo de recepción de relatos, se recibieron un total de 373 textos que cumplían los requisitos de las bases. Isabel Moure consiguió la prometida “gloria literaria” con su relato “Me llamo Enrique, como yo”. La autora madrileña, presente en la ceremonia de entrega, obtuvo así su primer premio literario, y destinó la mitad de su premio monetario a la ONG FEAPS (Confederación Española de Organizaciones en favor de las Personas con Discapacidad Intelectual), tal como pedían las bases del certamen que se hiciera, “como muestra de su humildad y desinterés supremo”.

“Me llamo Enrique, como yo”
(de Isabel Moure)

Soy el octavo y último de los hijos que tuvo mi madre, sin embargo no tengo hermanos. Me llamo Enrique, como el primer bebé que nació, el cual falleció al año de nacer a causa de unas fiebres tifoideas. A causa de su muerte, mi madre cayó en una profunda tristeza, así que cuando tuvo su segundo hijo, en memoria del primero, le pusieron también de nombre Enrique. Desgraciadamente éste falleció de muerte súbita al poco tiempo de nacer, al igual que los seis hijos siguientes, y a cada uno les fue bautizando con el nombre de Enrique. Así que yo soy Enrique octavo. El nombre se debía a que mi madre se llamaba Enriqueta (pero no mi padre).

Mi madre siempre estaba triste, recordando a Enrique primero, Enrique segundo, Enrique tercero, Enrique cuarto, Enrique quinto, Enrique sexto y Enrique séptimo, y rezando para que sus almas estuvieran en el cielo. ¿Y mi alma qué? ¿Dónde estaba mi alma? ¿En pedazos? No, en pedazos está el corazón, aunque, en mi caso, lo estaba el alma, pues el corazón siempre lo protegí con un caparazón muy resistente.

Mi madre solía decir, mientras miraba una foto de un bebé plácidamente dormido con un chupete que cubría la mitad de su cara: “Tienes los ojos idénticos a tu hermano mayor”. Cada gesto que hacía yo, aseveraba mi madre: “Así sería tu hermano”. Cómo si yo fuera un clon, una réplica. Como si él fuera el original y yo la copia. Era como si mis gestos, actitudes, características físicas no fueran mías propias. Ni siquiera el nombre era mío del todo. Pero yo quería llamarme como yo, ser como nadie más.

Un día mi madre trajo un perro a casa. El animal tenía ya un año de edad. El sí que era genuino. Era el único de la familia que no se llamaba como los demás, sino Whisky. Nos lo dio una vecina amiga de mi madre, con la condición de que no le cambiáramos el nombre. El animalito comía y jugaba cuando y cuanto quería, y se sentaba donde le apetecía. Desgraciadamente, un día como otro cualquiera (mi madre llevaba flores sobre la lápida de mis hermanos mayores) Whisky primero murió. ¡Ay! Mejor diré Whisky a secas. Es la costumbre.

“Es una pérdida irreparable”, dijo mi madre. Pero la vida continuaba, así que reuní todo el dinero de mis ahorros y me compré otro perro. Era de la misma raza, del mismo tamaño y del mismo color. Era idéntico a Whisky, y le llamé Whisky, como Whisky. Mi madre no podía mirar al perro sin ponerse a llorar. Eso no me ocurría a mí, ya que había empezado a ver las cosas bajo una perspectiva diferente: había tomado mi propio rumbo en la vida. ¿Por qué había de estar triste ahora? Cuando se me rompían unos zapatos, elegía otros de la misma marca y del mismo color. Y lo mismo hacía con mis camisas, mis calcetines, mis pantalones, bolígrafos, gomas de borrar y carteras. En el colegio tenía amigos de todas las clases, desde primaria hasta bachillerato. Cuando se lo dije a mi madre, se alegró porque pensó que yo era un niño muy sociable. “Así sería tu hermano Enrique”, dijo ella. (Por cierto, no hablo de mi padre porque abandonó a mi madre sin saber que yo vendría a este mundo. Por eso ella no me hablaba de él. Además, no se llamaba Enrique).

El día de mi cumpleaños invité a todos mis amigos a merendar a casa. Mi amigo Juan era de mi clase, segundo de la ESO. Juan y Juan eran de dos cursos por debajo, y Juan, que era altísimo, estaba en bachillerato y nos enseñaba a jugar al baloncesto. Era el mayor de todos. También vino Juan, un chaval de siete años, que siempre estaba detrás de mí, y jugábamos a pelearnos. Al día siguiente mi madre fue al colegio porque dijo que quería hablar con el psicólogo acerca de mí. No sé lo que mi madre debió de contarle, pero el psicólogo nunca me llamó a su despacho, pero sí a mi madre, y no sólo una vez más, sino todas las semanas durante meses. Pensé que tenían un lío amoroso porque, por primera vez, mi madre empezó a hablarme de mi padre, de quien sólo conocía su nombre, Jacinto, y no Enrique, como ya he dicho antes. Me extrañó la decisión de mi madre de revelarme tal confesión guardada durante tanto tiempo, así es que empecé a pensar que mi madre estaba superando su abandono.

Entonces, también me enteré que yo tenía un tío que se llamaba Eduardo, y una tía que se llamaba Isabel, cuyo hijo se llamaba Óscar. La única prima de mi madre se llamaba Laura, y mis abuelos maternos se llamaban, Aurelia y Tomás. Mi madre empezó a llevarme de visita para que conociera a la familia.

—¿Cómo se llama el chico? —preguntó mi tía Isabel a mi madre, como si yo fuera un ente, y como tal no tuviera lengua.

—Enrique.

—Ah, como los otros—. A continuación las miradas de mi tía y mi madre adoptaron un aire nostálgico, apartándose de mí y alejándose hasta perderse en el recuerdo, hacia otro tiempo y otro lugar. Así que retomé la conversación para recordarles que yo era el que seguía vivo.

—Me llamo como ellos, pero llamadme Enrique, como yo.

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